Un día normal (era mi cumpleaños)

 

            Amanece el miércoles 22 de abril con esa luz discreta de los días entre semana que no prometen nada extraordinario, pero que a veces terminan siendo memorables. Es tu 32º cumpleaños, aunque no en el escenario habitual de Pamplona, sino en Vitoria – Gasteiz, esa ciudad que poco a poco ha ido dejando de ser solo un lugar de trabajo para convertirse también en parte de tu rutina vital.

            Como cada mañana, comienzas el día en tu cafetería de siempre, a pocos minutos de dónde vives y del cole en el que trabajas. Aquí, sin nombres ni presentaciones, están las caras habituales: ese pequeño ecosistema de desconocidos que, sin hablarse, comparten silencios, cafés y periódicos. Hay algo casi ritual en ese desayuno pausado, en esos 45 minutos donde el tiempo parece dilatarse. Como suelo pensar, la felicidad tiene mucho que ver con eso: con cuanto decides alargar un café con leche; con cuanto tiempo le dedicas al desayuno.

            El periódico entre las manos, el murmullo de fondo, la tranquilidad de lo cotidiano. No hace falta más para empezar el día con plenitud. Quizás no sea el cumpleaños típico, pero ya desde ese momento se intuye que va a tener su propia personalidad, más íntima, más real.

            La tranquilidad de lo cotidiano se ve interrumpida por los mensajes, audios y llamadas de tus padres, Raquel E, Laura Samayoa, Iñaki Malangré, Claudia Valente, Rakel Mendioroz (que casi le hace más ilusión que a ti que sea tu cumpleaños), tu “herrrrrmano” Iñaki, tu tía Isabel, Charo Zaratiegui y Rosalía Sotés.

            En el colegio, la mañana trae consigo un pequeño paréntesis festivo. Llegas con garroticos de Beatriz (que no se diga de Pamplona, por mucho que te digan que la capital alavesa tienes más habitantes que la navarra), un gesto sencillo pero cargado de intención. Tus compañeras (Saioa Romero, Belén López, Rosana Vélez, Soraya Landa y Mireya Roldán), responden como se responde a lo auténtico; adelantando su llegada, compartiendo otro café (y van dos- y terminarán siendo tres-), regalando tiempo.

En medio te tu rol actual como encargado de comedor- una posición que navega entre responsabilidades y cierta invisibilidad-, este rato tiene algo de reconocimiento silencioso. Porque, aunque no estés ejerciendo exactamente como maestro, hay una dignidad tranquila en seguir estando ahí, en sostener el día a día del centro. Y ese rato compartido, esas risas breves antes de que empiece todo, son una forma de decir: estás en tu sitio, aunque sea un sitio en tránsito desde noviembre.

La mañana avanza, pero con ese poso diferente que dejan los cumpleaños, y la rutina y tareas se entrelazan con felicitaciones de compañeros que hoy no trabajan en el cole (Paula Molina, Asun Castro, Víctor Fernández de Arana y Aritz F) o que trabajan en el comedor pequeño (María E, Blanca Olabuenaga- que da la casualidad que cumple unos pocos años más, pero este mismo día 22-, Lorena V y Eider A) al que llegas más tarde.

Los mensajes de felicitación de tita Ana (Otaegui), mi tía Inma, Eñaut Aldasoro y Juan Pablo Valencia se unen a los que lo hacen en persona: Iker Iriondo, Ana Sicilia, las PT Nerea y Leire, las conserjes (Elena es la primera), y hasta Roberto, que es el repartidor, y alguno le ha dicho que es tu cumpleaños.

            Y llega la tarde, con otro tipo de compañía. El teléfono se convierte en el hilo conductor del día: más llamadas, más mensajes, más audios. Voces de distintas etapas de tu vida, personas que, de una forma u otra, siguen formando parte de tu historia. Cada felicitación es un recordatorio de los vínculos que has ido tejiendo con el tiempo.

            Las felicitaciones empiezan el mismo día a las 00.00h. Desde la anteriormente nombrada Saioa, que es la primera, hasta Frantxo Pérez, que a día vencido es el último, y pasando por Aitziber Leoz, Iñigo Urtiaga, Iker Ibero, Iaione de Bilbao, tus tíos Juan Carlos, Jose e Inma, Leire Muñoz, María Romero, Laura Antón y tu abuela materna, que, videollamada incluida, es la que te hace más ilusión.

            Hay algo casi abrumador en esa sucesión de notificaciones, pero también profundamente reconfortante. Porque en la distancia- geográfica y / o temporal-, esas personas siguen encontrando un momento para estar contigo, aunque sea a través de la pantalla.

            Y así, sin grandes artificios, tu 32º cumpleaños se va construyendo a base de pequeños momentos. No ha sido el cumpleaños de siempre, pero quizás ha sido el más consciente, el más vivido. Y al final del día, te queda esa sensación difícil de describir: la de haber celebrado sin necesidad de celebrarlo demasiado. Como si, por un momento, hubieras entendido que cumplir años no siempre va de hacer algo distinto, sino de mirar lo cotidiano con un poco más de atención.

            Tenemos todo un fin de semana por delante. Algo haremos. ¡A disfrutar!

           - Aranaz, Joseju (@jjaranaz94) -

Comentarios

Entradas populares de este blog

Eso que tiene septiembre

Actualidad relativa

Todos hemos querido ser Carlitos alguna vez