Manual para señoritas
El
diccionario de la RAE define manual,
en su novena acepción, como «libro en el que se compendia lo más sustancial de una
materia», y dice sobre señoritas,
como última acepción, que «es el tratamiento de cortesía que se les da a las maestras
de escuela o profesoras». Y sobre ello vamos a hablar esta noche: de un
manual. Bueno… en realidad de un contrato. Y de señoritas. O, mejor dicho, de
maestras. Arrancamos.
Hace
unos meses cayó en mis manos, de casualidad, el contrato que se les hacía
firmar a las maestras a principios del siglo XX, y me pareció tan curioso- por
decir algo- que os lo traigo para ver que el mundo, aunque a paso lento,
avanza, y como el domingo pasado conmemoramos el día de la mujer, el 8M, me
parecía un buen momento para abordar el tema. Creo que merece la pena que echemos
un pequeño vistazo a estas pequeñas joyas administrativas del pasado.
En
primer lugar, el contrato diferencia entre señorita y maestra y daba a entender
que señorita era el tratamiento de cortesía aplicado a la mujer soltera. Pero
aceptando esto, lo grave (visto ahora) era lo que tenían que firmar estas.
Eran 14 puntos, y el primero, para empezar fuerte, era no casarse. El contrato quedaría automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casaba. Enseñar a los niños estaba bien; tener vida propia ya era otra cosa. Tener marido: excesivo.
El
segundo era más breve y concreto; no andaría en compañía de hombres. En
general. Así, sin matices. Por si acaso.
Las
maestras tenían que estar en casa a las 20.00h y no podían salir antes de las
06.00h. Básicamente un horario que haría feliz a cualquier carcelero, con solo una
excepción: que tuvieran que atender alguna función escolar.
El cuarto punto me parece absurdo, y decía que las maestras no se podían pasear por heladerías del centro de la ciudad. No sé exactamente qué peligro moral acechaba entre cucuruchos de vainilla y sorbetes de limón… ¿Demasiado provocativo?
La quinta condición para poder
ejercer como maestras, durante ocho meses, tampoco os creáis que los contratos
eran anuales, era que no podían abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin el
permiso del presidente del Concejo de Delegados. Vete tú a saber a qué
correspondería actualmente ese Concejo de
Delegados, pero yo me imagino algo como un precursor administrativo del “¿dónde
vas y a qué hora vuelves?”, pero en versión institucional.
El sexto requisito era no fumar
cigarrillos. En caso de hacerlo, el contrato quedaría automáticamente anulado y
sin efecto. Nada de vicios.
El
séptimo, muy relacionado con el anterior, decía que no podían beber ni vino, ni
cerveza, ni whisky. Del mismo modo, el contrato se daría por roto. Claramente,
el sistema educativo descansaba sobre la sobriedad absoluta de sus maestras,
aunque el contrato no dijera nada de los ron-cola.
Tampoco
podían viajar en coche o automóvil con ningún hombre exceptuando su hermano o
su padre. No podían vestir ropa de colores brillantes, ni podían teñirse el
pelo. Debían usar, al menos, dos enaguas y, no vestir faldas que quedaran a más
de cinco centímetros por encima de los tobillos. La elegancia, como todo el
mundo sabe, empieza exactamente ahí. Qué menos, ¿no?
El
13º punto, después de agrupar unos cuantos en el párrafo anterior, dice que
debían mantener limpia el aula (es el punto que me parece más lógico, hasta que
vas a los subpuntos). Debían barrer el suelo, al menos, una vez al día. Fregar
el aula, al menos, una vez por semana con agua caliente. Limpiar la pizarra, al
menos, una vez al día. Y, a parte de todo ello, encender el fuego a las 07.00h,
de modo que la habitación estuviera caliente a las 08.00h, cuando llegaran los
niños. Maestra, limpiadora y encargada de calefacción. Todo incluido.
Por
último, el contrato prohibía el uso de polvos faciales, maquillaje de cualquier
tipo y barra de labios. Normal, porque todo sabemos que la educación de los
niños se derrumba en cuanto aparece un poco de colorete.
Ahí
lo lleváis. Catorce normas para enseñar a leer y escribir. Porque el problema
de la educación, obviamente, eran las maestras.
Parece
que hemos avanzado: ya no hay contratos que te prohíban casarte o salir de la
ciudad… pero algunos jóvenes añoran- sin haberlos vivido- “los buenos tiempos
de Franco”, mientras las tradwives enseñan a cocinar y a limpiar como si
fuera un arte marcial, y los podcast de los bros nos explican cómo ser
hombres de verdad. Todo muy moderno, salvo que la historia sigue riéndose de
nosotros… y tú sigues sin poder barrer el aula a las 07.00h sin que te graben
para TikTok.
La
semana que viene podríamos cogernos puente- como en el cole en el que estoy actualmente-,
pero mis ganas porque veáis la primera parte de la cuarta etapa del Camino de Santiago entre Pamplona y Puente la Reina junto a Laura Samayoa, pueden más que
mis ganas de descanso.
Volvemos
en siete días. Gabon familia.
- Aranaz, Joseju (@jjaranaz94) -

Comentarios
Publicar un comentario