Navidad: lo que permanece

 

“Muchos abrazos de tu abuela y que el Niño Jesús te cuide.”

Aquella frase, escrita con la caligrafía firme de mi abuela paterna en el Día de Reyes de 2022, parecía entonces un detalle más entre tantos pequeños gestos de cariño que ella repartía con generosidad. En aquel momento, incluso comenté con mi hermano que quizá valoraríamos ese regalo con el tiempo, sin imaginar cuánta verdad había en aquella intuición. Hoy, después de su partida en la Nochevieja de 2024, esas palabras se han convertido en un tesoro que late, un puente hacia su voz, su presencia y su amor.

Cada diciembre, cuando el frío comienza a asentarse y las luces empiezan a encenderse en las calles, vuelve también la memoria de aquellas Navidades que solíamos vivir como una familia unida. Era una época en la que todo parecía detenerse para permitirnos compartir lo esencial: la mesa, las historias repetidas que nunca perdían gracia, y la tranquilidad de saber que estábamos juntos. Entre esos momentos, las palabras de mi abuela cobran ahora un brillo especial, como si hubieran sido escritas para perdurar más allá de su ausencia.

Su despedida, a los 94 años, sucedió en el límite exacto entre un año y otro, como si hubiese elegido marcharse en el instante en que se cierran los ciclos. Y sin embargo, su presencia sigue viva en los ritos familiares, en las recetas que repetimos, en el eco de su risa. En el tuno, y en el charro, en el ¡calla si quieres! o el ya lo creo. Su carta, escrita de su puño y letra, se ha convertido en una forma de escucharla nuevamente; al leerla, uno casi puede sentir que su mano vuelve a posarse sobre nuestro hombro, protectora y serena.

También echo profundamente en falta a mi abuelo materno, que se marchó un año antes, en 2023, a los 92. Él representaba otra rama de la memoria familiar, pero una misma manera de entender la Navidad. Con él aprendimos las cosas que le agradaban, su estamos, que no es poco o como un rayo. Las celebraciones no estaban solo en los regalos ni en los adornos, sino en el calor de las sobremesas interminables, en su manera de contar anécdotas que se volvían enseñanzas sin pretenderlo. El mus, sus guiños de ojo, su modo de escuchar sin prisa, la mirada que se posa en los otros antes de posarse en uno mismo.

Ambos —mi abuela y mi abuelo— formaban parte del corazón de nuestras fiestas. No eran solo invitados: eran pilares. En Nochebuena, cuando nos juntábamos en casa, parecía natural verlos allí, compartiendo la mesa que ya conocían como propia. El aire se llenaba de historias repetidas, de risas que se enredaban unas con otras, de manos que se buscaban al brindar. Y en Navidad, día que coincidía con el cumpleaños de mi padre, la fiesta adquiría una capa adicional de significado. Era una celebración múltiple: el nacimiento, la familia, la vida, y la continuidad.

Hoy, al mirar atrás, todo aquello adquiere un valor distinto. Lo que un año parecía rutina, al siguiente se vuelve nostalgia. Lo que entonces dábamos por hecho, ahora lo abrazamos con la gratitud de quien sabe que esos momentos fueron irrepetibles. La Navidad, en ese sentido, se ha convertido en un recordatorio de la fragilidad y de la belleza de lo cotidiano. Ahora mismo, en casa, hay un eco detrás de cada gesto, un temblor suave detrás de cada risa.

La frase de mi abuela —tan sencilla, tan suya— resume todo lo que ella era: afecto, fe, protección. En ella cabe una historia entera de cariño y años compartidos. Y aunque ya no está físicamente, sus palabras tienen la capacidad de atravesar el tiempo y de colocarse, suaves y cálidas, sobre nuestros días presentes.

Quizá eso sea también la Navidad: un diálogo constante entre la memoria y el presente. Es la época en la que más sentimos a quienes faltan, pero también aquella en la que más percibimos que lo que nos dejaron sigue acompañándonos. Cada tradición, cada frase guardada en un papel, es una forma de presencia.

Una presencia que no se ha borrado con la ausencia de mis abuelos. Ahora viven en el espacio entre un villancico y otro, entre una silla y otra en la que cada una tenía un significado especial; mi abuelo presidía y mi abuela siempre se sentaba a mi lado; a mi derecha. Sus ausencias se notan en el espacio que ocupaban. Pero su presencia también está en el brindar de las copas, en el silencio que inevitablemente sobreviene cuando todos pensamos lo mismo y nadie se atreve a decirlo.


Hoy, cuando vuelvo a leer aquella dedicatoria, entiendo que fue un regalo anticipado, mucho más que un saludo. Una manera de entender la vida y la Navidad: con ternura, con fe sencilla, con la certeza de que el amor —si es verdadero— no termina con la muerte. Como decía San Agustín, yo sigo siendo yo y tú sigues siendo tú; lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo. Cuando las leo, no leo tinta: leo su voz, su olor, el calor de sus manos arrugadas en mi mejilla. Es como si la Navidad misma se plegara para permitirme escuchar una vez más aquello que ya no puede decirme.

Y aunque su ausencia duele, sus palabras nos siguen cuidando, como ella deseó. En cada Navidad que llegue, sé que allí estarán: mi abuela y mi abuelo, invisibles pero indudablemente presentes, sosteniendo con su memoria la historia de nuestra familia.

            Dios se hace niño. Y año tras año, sigue siendo el mejor regalo.

            ¡Feliz Navidad y próspero año familia! Eguberri on!

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